por Katie Jo Myers

Hace un año, en el verano de 2017, recibí un correo electrónico inesperado preguntándome si podría estar interesada en comenzar un programa de entrenamiento mental con Arno Ilgner, autor de The Rock Warrior’s Way (Guerreros de la roca). Correo que se cruzo en mi destino.

En los meses anteriores a ese correo electrónico, después de una serie de difíciles circunstancias en mi vida, había empezado a luchar contra la depresión y la ansiedad. Cosas simples como comer, dormir e ir a trabajar las había comenzado a sentir como tareas monumentales, mientras mi motivación para escalar, una pasión que normalmente me llenaba de alegría, se había desvanecido por completo.

Aunque ya estaba hablando con un terapeuta, ansiosa por cualquier oportunidad que pudiera ayudarme, respondí inmediatamente al correo electrónico y unas semanas más tarde, ¡fui seleccionada para el programa!

Siempre he encontrado que las lecciones aprendidas de la escalada son aplicables al resto de la vida, así que desde el principio, creí que el programa Warrior’s Way no solo aplicaría en la roca, sino que sería una influencia positiva en mi vida y mi salud mental en general. Ahora, mirando hacia atrás, es difícil de creer lo cierto que resultó ser.

En el transcurso del año pasado, junto con varios otros atletas de Evolv, participé en una variedad de ejercicios para ayudar a desarrollar una mejor conciencia de nuestras propias mentes. Hicimos ejercicios de “mindfulness” tanto dentro como fuera de la roca, fuimos asignados a entrenamientos específicos de escalada, participamos en sesiones descendentes, leímos artículos, compartimos y discutimos conceptos con nuestros entrenadores, como intención, duda, miedo, motivación, éxito y fracaso.

Antes de comenzar este entrenamiento, definitivamente me había quedado atrapada en la rutina de la escalada. No solo mi motivación se había desvanecido, sino que también había desarrollado un profundo miedo de fracaso en la pared. Me estaba volviendo muy conocida entre la comunidad local de escalada y debido a esto comencé a sentir mucha presión. ¿Qué pasa si no encadeno un ascenso? ¿Qué pensaría la gente? Me aterroricé de no parecer lo suficientemente buena o lo suficientemente fuerte. Tenía miedo de escalar frente a la multitud y de alguna manera decepcionar a la gente. Evité esforzarme en problemas difíciles en el gimnasio por si no podía hacerlos. Evité la competición donde podría ser superada por otros. Me negué a intentar escaladas duras porque no soportaba la idea de no encadenarlas en el primer o segundo intento. Estaba tan asustada, me estaba conteniendo de todas las formas posibles.

Aparte de la escalada, algo muy similar me estaba sucediendo. Estaba atrapada en una rutina, una rutina cómoda, sin embargo muy infeliz. Había cambios que quería hacer en mi vida personal y profesional, pero tenía tanto miedo de separarme y probar algo nuevo ¿qué pasaría si no podía hacerlo? ¿Qué pensaría la gente de mí ? ¿Qué pasa si fallo?

Tenía miedo de todas las incógnitas, de lo que sucedería cuando dejara atrás las redes de la seguridad de escaladas fáciles y de las circunstancias cómodas. Me tomó un tiempo en el programa para qué realmente me diera cuenta de estos miedos, las motivaciones y modos de pensar que los estaban causando. También me llevó algo de tiempo entender que esas cosas que normalmente consideramos negativas son, en realidad, nuestros mejores maestros. Solo cuando nos sentimos incómodos, o cuando fallamos, aprendemos nuestras debilidades. Vemos donde falta habilidad, conocimiento o fuerza. El fallo nos señala un camino para alcanzar nuestros objetivos, un camino que de otro modo no podríamos ver. El fallo, como resultado, no es un fracaso en absoluto, sino una guía valiosa para nuestro proceso de aprendizaje.

Cuando comencé a entender estos conceptos y me di cuenta de lo que estaba sucediendo en mi mente, descubrí que mis temores ya no me afectaban tanto. Dejé de preocuparme tanto por lo que otros pensarían y comencé a preocuparme más por lo que pensaba. Empecé a creer en mí un poco más y eso es algo muy poderoso.

Todavía me queda mucho por hacer en el campo del entrenamiento mental, pero todo lo que aprendí durante el año pasado ya ha marcado una diferencia significativa tanto en mi escalada como en mi vida. Desde que recibí ese fatídico correo electrónico hace un año, he intentado y encadenado las ascensiones más difíciles hasta la fecha. Participé en mis dos primeras competiciones nacionales de escala profesional frente a cientos de personas, así como en dos competiciones internacionales. Dejé mi trabajo. Viajé sola por Europa durante tres meses. Comencé una nueva carrera sobre la cual estoy muy apasionada. Me arriesgué. Hice todas las cosas que me asustaban. En el camino, me caí y fallé, una y otra vez. Y aprendí que no fallé; el fracaso ayudó a guiar mi proceso de aprendizaje. Y no podría estar más feliz al respecto.

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